Cómete esa rana

Hay momentos en que la vida nos sirve primero lo más difícil de tragar. Cuando el calor vibrante de la tarde nubla la vista y el sudor baja por el cuello, poniendo a prueba nuestra resolución, solemos refugiarnos en la sombra y aplazar la «rana fea».

Sin embargo, cuando el pesado caminar del bajo y la guitarra de blues saturada comienzan a rugir, ese deber pendiente deja de ser una carga de la que huir y se convierte en territorio por conquistar. Cuando una voz llena de alma grita a través del calor sofocante, nuestra atención se aparta de la dureza del entorno y se dirige a la fuerza interior que lo atraviesa. Esta lucha no es dolorosa; es, de hecho, triunfal.

El frescor nítido de una limonada fría tras terminar la tarea es algo más que calmar la sed: es un privilegio noble reservado a quienes han ido más allá de sus límites. Aquí la recompensa no está en el resultado final. Ya se encuentra en el proceso mismo, en la integridad feroz de dar un paso incluso bajo el sol abrasador.

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