Por fin hay luz. Un resplandor sereno y cristalino cae desde todas partes, se desborda y llena el mundo. Hemos atravesado valles profundos y oscuros, soportado el frío estremecedor de la soledad y caminado con firmeza bajo el sol abrasador. Todos esos caminos llamados «Proceso» han convergido y ahora estamos dentro de una sola gran corriente. Ante la verdad evidente de que «aquí estoy, aquí estamos y todo es uno», el clamor del ego por fin guarda silencio.
¿Qué nos condujo hasta aquí? Nunca fue un único salto heroico. Fue la sinceridad de discernir lo esencial en medio de lo urgente, la fidelidad de trazar cada día una trayectoria de un uno por ciento, el valor de tragarse la rana más fea y la conmovedora confesión de «todavía no», que puso una coma en lugar de un punto ante el muro de la desesperación.
Aquí el tiempo se detiene y la acción ya no se distingue del ser. Ya no eres quien canta la canción: te conviertes en la canción misma. Cada oscuridad y cada calor que soportamos fueron apenas el fondo destinado a hacer brillar con mayor intensidad esta luz transparente. Este es el punto donde todos los fragmentos se completan por fin en un gran diseño: el verdadero reino del «estado de flujo» que nuestras almas anhelaban desde hace tanto tiempo.


