La noche en que arrestaron a Jesús, ante las llamas temblorosas del patio, aquel fuego iluminó con dureza el quebranto de Pedro: un recuerdo grabado en dolor, lamentación y culpa punzante.
Sin embargo, en la mañana de la Resurrección, el fuego junto al lago irradiaba un calor diferente. Allí, el Señor mismo había preparado una comida sobre las brasas para Sus discípulos, cansados tras una noche de redes vacías. Dentro de aquel resplandor, las tres preguntas—«¿Me amas?»—no fueron interrogatorios, sino tiernas afirmaciones de misericordia destinadas a disolver sus tres negaciones.
Como seres de polvo, también nosotros tropezamos ante las pruebas cotidianas y nos desesperamos por nuestra fragilidad. Sin embargo, una mirada benévola nos espera en el borde mismo de nuestro derrumbe. «Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo». Esta confesión no nace de la fuerza de Pedro, sino de la gracia de Cristo que lo levantó. Al pasar por dos fuegos, su fe fue refinada hasta convertirse en oro. Que esta música te lleve a dejar atrás los fracasos y a encontrar el valor de ofrecer la misma confesión pura a Aquel que mejor te conoce.


